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ACERCA DE MI

Mi Historia

Nací en Monterrey, Nuevo León como una niña sensible, inquieta y curiosa, lo que por fortuna nunca se me quitó. Pasé una infancia y adolescencia feliz, conviviendo con mis dos hermanos, mis papás y mi abuela, sin eventos extraordinarios que contar. A mis 22 años ya me había graduado y me preparaba para iniciar una nueva vida… y allí fue cuando mi vida se salió del guión, de lo que yo esperaba.

 

Una semana después de mi boda,  mi madre -valerosa y alegre hasta el final,- perdió la batalla contra el cáncer. Fue mucho lo que me dolió su pérdida y no puede procesarla correctamente, puesto que intentaba adaptarme a mi nueva vida de casada. La alegría volvió un año más tarde, cuando junto a mi esposo esperábamos a nuestro primer bebé. Aunque yo intuía que algo no andaba bien, no fue sino hasta después de cinco meses y medio que se supo la razón: un tumor crecía en mi cerebro, poniendo en peligro nuestras vidas.

En medio del shock, mi esposo le pidió al médico luchar por ambas. Después de tres meses de tensión y miedo mi hija nació, hermosa y sana. Fue muy triste despedirnos de ella para trasladarnos a la ciudad donde me someterían a cirugía. Después de  once horas, los médicos retiraron una masa benigna del tamaño de una lima.  La recuperación me pareció sencilla y rápida porque yo estaba concentrada en regresar con mi pequeña, lo cual hice al cabo de un mes.

 

Esto ha sido lo más difícil que hemos enfrentado como pareja; el apoyo de nuestras familias fundemental, pero eso no evitó las en nuestra salud emocional. Ahora puedo ver lo mucho que necesitábamos de una ayuda que no supimos pedir. No había pasado ni un año cuando decidimos mudamos a la Cd. de México por cuestiones de trabajo. A todos esos cambios se le sumó  un segundo embarazo, afortunadamente  sin complicaciones. Cuidar a un inquieto recién nacido y a su hermanita me volvió una persona funcional,  pero no pudo evitar que los duelos no resueltos se acumularan y se hicieran  imposibles de manejar. Caí en depresión, limitándome a sobrevivir, sintiendo que el hecho de no haber perdido la vida no era suficiente como para vivirla a plenitud.

Desafortunadamente tardé aún cuatro años más buscar ayuda, pero lo hice. Las sesiones de psicoterapia, combinadas con el estudio de la Logoterapia (la búsqueda del sentido)  lograron sacarme del hoyo donde estaba. El mensaje recibido fue: si sobreviví, si Dios me dejó en este mundo, debía ser “para algo”. ¡Seguramente había quienes pasaban por algo similar y yo podría ayudarlos! De allí en adelante las cosas empezaron a mejorar, tanto que quisimos traer a otro hijo a nuestras vidas. Él compartió mi atención no sólo con sus hermanos, sino con mis libros. Había comenzado mi proceso de ardua preparación para convertirme en psicoterapeuta y así devolverle al mundo todo el apoyo recibido.

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Mi enfoque
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El verano del 2014 fue el momento de regresar a Monterrey. De nuevo tuve que dejar  mi vida atrás, pero esta vez fue más dificil. Estudiar se volvió a convertir en mi refugio y gracias a eso me reencontré con el Eneagrama. Su estudio me permitió hacer las pases con las partes de mí que no me gustaban y reconocer los dones que tenía; también pude mirar con empatía a mi esposo y a mis hijos. Si bien yo era la que estaba cambiando, el efecto dominó hizo que todos lo hiciéramos. Sentía que por fin estaba viviendo la vida y no que sólo me dejaba llevar por ella.

 

Me enamoré tanto del Eneagrama que me certifiqué en esta disciplina y dediqué la tesis de mi maestría en Terapia Familiar a proponer un trabajo colaborativo entre ambas. Presenté el exámen a unos días de la boda de nuestro hijo, completamente dichosa de haber cerrado una etapa de mi vida y sentiéndome lista para la que sigue.

 

Por fin estoy poniendo en marcha este proyecto, aplicando años de “experiencia teórica y práctica”, dándole el último sentido al miedo, la tristeza y el dolor  vivido, descubriendo lo que no entendí hace 31 años:  una de las razones para quedarme en este mundo fue aprender de lo vivido y -dentro de mis posibilidades- poner lo aprendido al servicio de los demás. No se a qué tanta gente pueda llegar, pero me siento plenamente satisfecha porque si consigo informar, consolar o acompañar  al menos a una persona en su sufrimiento, el mío cobrará de nuevo sentido.

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